Veinte años he estado imaginándome un lugar pequeño, oscuro y lleno de paja. Los mismos años proyectando en mi cabeza la imagen de una mujer sencilla acompañada de un hombre más mayor que ella y muy muy muy justo. Y en medio, una cuna pequeñita con un bebé dentro al que, por obediencia al ángel Gabriel, el cual venía de parte del Cielo, llamaron Jesús. Y este pequeñín, sin más abrigo en el mes de diciembre que una vieja sábana, solo se podía calentar con el aliento que, muy generosamente, les ofrecían la mula y el buey.
Durante veinte años ha crecido esta imagen conmigo cada Navidad. Y ahora me entero de que no hubo ni buey, ni mula. Toma ya.
¿Es verdad todo lo que cuenta el Evangelio de San Mateo sobre el nacimiento de Jesús? Yo, personalmente, no lo he investigado, pero confío en los que sí lo han hecho, y por ello: va, sí, confío en que es todo verdad. Y es que ahí está la gracia del asunto. Como me creo tan rotundamente lo que pone en la Escritura, acudo a ella para desmentir eso de que no hubo ni buey ni mula, y ¿qué me encuentro? ¡Que la Biblia no dice nada de un buey y una mula! ¿Pero entonces quién se lo inventó y ha estado durante siglos engañándonos a todos cual bobos?
Al parecer, se trata de una tradición. Es decir, en algún momento alguien hizo alusión a la presencia de unos animales, el buey y la mula, dentro del pesebre que daban calor al Niño Jesús y se ha ido transmitiendo así de generación en generación hasta ahora mismo, que el Papa Benedicto XVI ha hablado sobre esta “ficción” en su último libro, publicado hoy mismo en 50 países, incluido España: “La infancia de Jesús”.
En este libro, el Papa apunta que sí es cierto lo que cuenta San Mateo de que Jesucristo fue concebido por el Espíritu Santo en María la Virgen (menos mal), que nació en Belén, que una estrella iluminó el cielo y el Niño Jesús fue adorado por tres Magos llegados de Oriente.
Me tranquiliza enormemente saber que el Papa no ha desmontado uno de los dogmas principales de la fe católica, como es la virginidad de María. Pero lo que sí señala Benedicto XVI es que en los Evangelios “no se habla de animales”. Y esto es lo que me sorprende.
Tantos años escuchando ese Evangelio (que casi casi lo podría cantar), y ahora me entero de que eso de que “el aliento del buey y la mula calentaba al recién nacido” se lo inventó un listo.
Al resto del mundo no sé qué le parecerá, a mi me ha indignado. Pero la vida sigue…
M.S.

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